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A 100 años de la Declaración Balfour
Pocas veces una simple carta de pocas líneas ha sido objeto de tanta controversia y, sobre todo, ha ejercido una influencia tan relevante sobre el destino de un pueblo. La referencia corresponde al pueblo judío y la carta en cuestión es la que usualmente se conoce con el nombre de Declaración Balfour, de la cual en estos días se cumplen 100 años de su expedición.

La carta, fechada el 2 de noviembre de 1917, en virtud de la cual —para expresarlo en un lenguaje claro y sencillo— el gobierno británico reconoció el derecho del pueblo judío a la tierra de Israel (más precisamente, “el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en Palestina”).

A primera vista, el lector desprevenido con razón podría cuestionar qué hay de extraordinario en ese documento. Al fin de cuentas, estamos hablando de una carta, singularmente escueta, suscrita por el entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Inglaterra —Lord Arthur James Balfour— y dirigida a un ciudadano inglés de escasa visibilidad (pero integrante sí de una de las familias judeo-británicas más distinguidas de la época, la familia Rothschild).

Es menester situar la Declaración Balfour en el contexto de su época. La Corona Británica, tras vivir uno de sus períodos de máximo esplendor (el siglo XIX), ya se perfilaba como una de la potencias victoriosas de la Gran Guerra. El desmembramiento del Imperio Otomano —que había dominado buena parte del Cercano Oriente durante 400 años—, era inminente. De hecho, las tropas inglesas al mando del General Allenby —que dicho sea de paso estaban integradas (también) por fuerzas judías ya entonces radicadas Palestina— habrían de ocupar Jerusalem poco más tarde, el 8 de diciembre de 1917). Y el rediseño del mapa político de ese botín que era el territorio hasta entonces ocupado por los turcos, estaba desde hace tiempo en la agenda de británicos y franceses por igual, que buscaban las alianzas necesarias para ver flamear su bandera en la región. 

Entretanto, el llamado sionismo político había nacido poco tiempo antes y hacía sus primeras armas. Resultaba cada vez más evidente que no había futuro para los judíos en Europa Oriental. El furibundo antisemitismo de la Rusia zarista había ambientado (y fomentado) importantes pogromos contra judíos en 1881 y en 1903 (allí nacieron —precisamente en esa época— los Protocolos de los Sabios de Sion). Ese agravamiento en la precariedad del judaísmo europeo-oriental, precipitó la aglutinación orgánica de representantes de las comunidades judías de Europa, que hacia fines del siglo XIX comenzaron —ellas también— a hacer oír su clamor, es decir, sus aspiraciones nacionales, el reconocimiento de un territorio que pudiera brindar a los judíos las condiciones mínimas de seguridad por entonces tan ausentes como necesarias en Europa Oriental.

La declaración fue el resultado de algunos años de febriles negociaciones. También debió superar una formidable resistencia, surgida paradojalmente desde las filas del propio judaísmo (el sionismo era por entonces una corriente minoritaria y muchos judíos temieron que una declaración de estas características pudiera hacer peligrar el statu quo alcanzado en ciertas comunidades diaspóricas, sobre todo la inglesa).

El hecho concreto es que, al poco tiempo de otorgada, los gobiernos de algunos de los principales países adhirieron a la declaración, especialmente Francia, Italia, Japón, y Estados En abril de 1920, la Conferencia de San Remo —que reunió a las potencias vencedoras en la Gran Guerra— confirió a Gran Bretaña el mandato sobre la tierra de Palestina, mandato éste que en 1922 habría de ser ratificado por la Liga de las Naciones. Huelga decir que eran otros tiempos, y Occidente no tenía los temores de hoy a la hora de adherir a la causa de Israel.

Aunque hoy pudiera parecer eclipsada a la luz de la resonante votación de las Naciones Unidas 30 años más tarde —por la cual éstas resolvieron la partición del territorio de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe—, la Declaración Balfour fue un hito. Al decir de Abba Eban, la Declaración Balfour fue la victoria diplomática decisiva del pueblo judío en la historia moderna. Además de precipitar el avance militar británico sobre Palestina, fue una carta de ciudadanía para el pueblo judío, un espaldarazo fundamental al movimiento sionista, y el primer instrumento jurídico internacional que en tiempos modernos avaló el derecho de los judíos a la tierra de Israel.

Sirvan estas líneas de homenaje a esa histórica declaración, y también a su principal arquitecto, el doctor Chaim Weizmann, estadista de estatura mundial que en 1948 habría de transformarse en el primer Presidente del novel Estado de Israel.



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