CONMEMORACION DE LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS EL 16 DE NOVIEMBRE 2017

Intervención de Rebeca Grynspan - Secretaria General Iberoamericana

DISCURSO COMPLETO DE LA SECRETARIA GENERAL IBEROAMERICANA EN OCASION DE LA CONMEMORACION DE LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS EL 16 DE NOVIEMBRE

Conmemoración de la Noche de los Cristales Rotos
Montevideo, Uruguay –16 de noviembre de 2017 
Intervención de Rebeca Grynspan
Secretaria General Iberoamericana

Excelentísima Señora Lucía Topolanksy, Vicepresidenta de la República Oriental del Uruguay y Presidenta en ejercicio;
Excelentísimos Señores ex Presidentes José María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle
Excelentísimos Señores Ministros y Ministras de Estado, Presidentes y demás representantes de los Supremos Poderes,Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado en Uruguay;
Señor Intendente, Señor Alcalde;
Distinguidos invitados e invitadas:
Es un gran honor para mí estar esta noche en Montevideo junto a todos ustedes. No es lohabitual que uno quisiera,en mis innumerables vueltas por el mundo,encontrar en un mismo salón a dos expresidentes y una presidenta en ejercicio de tres partidos políticos distintos.

Sé que hoy es una noche especial y hay conmemoraciones que nos unen e integran a todos; pero Uruguay, este pequeño e inmenso país, nunca dejará de sorprenderme.

Gracias Julio María, Luis Alberto y Lucía por estar presentes esta noche.

Siempre digo que para algunos -me incluyo- la democracia es una conquista. Tengo muy claro el valor que la convivencia democráticay el diálogo político tienen en Uruguay, y todos debemoscelebrarlo.

Quiero iniciar por agradecer a la Nueva Congregación Israelita (NCI) y a la rama uruguaya de B'nai B'rith por la invitación para hablarles esta noche, una invitación que me ha conmovido profundamente y que asumo con un gran sentido de humildad. La historia del pueblo judío es dedimensiones abrumadoras. Resulta difícil sentirse, siquiera por un breve instante y en un determinado lugar, unavocera. Me amparo en la confianza de que toda vida encierra un valor irreductible: si la Historia con mayúscula merece ser narrada, lo es también porque contiene incontables historias con minúscula; las vivencias personales, únicas e irrepetibles, que componen la corriente de los siglos.

Ninguno de nosotros es indiferente a esta fecha, aunque seguramente a cada uno nos toca de manera especial y por razones distintas.Algunos, a través del recuerdo personal. Otros, desde los valores y la consciencia universal.

Mis padres lograron huirdelas garras delgenocidio. Pero el odio me arrancó la oportunidad de crecer al lado de mis abuelosmaternos y de mi familia extendida. Obligó a mis padres a echar raíces en una tierra desconocida, como tantos que nos acompañan esta noche. Valgan estas palabras para reiterar mi eterna gratitud al pueblo costarricense, que no solo les abrió las puertas sino que les permitió construir su proyecto de vida, y el de sus hijas, en calidad de iguales.

Nada lo demuestra mejor que el hecho de que una hija de inmigrantes, primera generación nacida en Costa Rica, haya sido electa Vicepresidente de la República, una gran lección para los tiempos que corren. Esa apertura que demostró Costa Rica, que demostró Uruguay y tantas otras naciones latinoamericanas, constituye uno de los renglones más noblesdel expediente moral de la región. La virtud de la hospitalidadnunca ha sido más sagradaque en ese entonces.

Cada vez son menos quienes recuerdan el Holocausto en primera persona. Pronto llegará el día en que no habrá ningún sobreviviente de los campos de concentración. Ellos son los primeros que merecen esta ceremonia y este ejercicio de memoria. Y lo merecen a perpetuidad. Por siempre y para siempre.

Es la memoria la que salvará a la humanidad, nos advertía Elie Wiesel, aún frente al espectro de un recuerdo casi imposible de soportar. Para los sobrevivientes como él, cabía preguntarse si no sería mejor olvidar. Si no tendría más sentido luchar por destruir la memoria, fingir un nuevo inicio y echar a andar sin el horrendo peso del pasado. Pero aún entonces, en medio de la más triste desesperanza, aquellos hombres y mujeres comprendieron el valor de contar y escribir lo que habían vivido. La necesidad de dar testimonio,de documentar y de denunciar.

Y no solo porque ya se vislumbraba la vergüenza del negacionismo, al que debemos seguir combatiendo con toda la fuerza de la que somos capaces, sino también porque sabían que toda esperanza debe estar fundada sobre la verdad. Un mejor futuro, un futuro de justiciay dignidad para todos los seres humanos,solo puede venir de la consciencia de lo que pasó. Jamás de la ignorancia, de la indiferencia o del silencio.

A los sobrevivientes les decimos de nuevo que su fuerza nos inspirará siempre, no por sobrevivir, sino por “vivir” aún después del horror, por reconstruirse y forjar para sus familias un futuro, lo que es en sí mismo la derrota del horror.

Santiago Kovadloff expresa lo anteriorcuando dice, y cito textualmente: “Pertenezco a un pueblo y a una cultura que no se ha resignado a darle la última palabra al dolor y ha convertido sus pesares en materia de esperanza. El judío confía en una interpretación más y cree que es posible volver a empezar. El Holocausto no tuvo la última palabra.”

A los que no sobrevivieron, prestamos nuestra voz esta noche y nuestra promesa de no dejarlos caer en el olvido. Las próximas generaciones dependen de nosotros para entender esta fecha y sus implicaciones. Dependen de nosotros para proteger la luz de la verdad, de forma que el recuerdo sea un escudo contra la repetición, contra la intolerancia, contra la deshumanización, contra la complicidad y la ignominia.

No existe equivalencia a la barbarie del Holocausto. Por eso debemos reafirmar los valores que allí fueron destruidos, y que pueden violentarse una vez más. Debemos recordar las fuerzas que lo permitieron, y que pueden volver a repetirse.

Quisiera poder decir que el antisemitismo ha sido exterminado, y con él todos los demás “ismos”, que el espanto del Holocausto fue suficiente para erradicarlo para siempre. Pero sabemos que no es así.

Sabemos que el nazismo, y en general el odio, el racismo, la xenofobia, el fanatismo, no solo persisten sino que tienen la tendencia a reaparecer, vestidos con ropajes disimulados. En varias partes del mundo, han vuelto a surgir amenazas que por desgracia reconocemos. Oímos discursos que tienen ecos terribles.La peor crisis humanitaria y migratoria desde la Segunda Guerra Mundial ha dado aliento a movimientos extremistas en distintas partes de Europa y del mundo: eso solo debería servirnos de advertencia. No estamos vacunados contra los peores retrocesos.

Ante estas amenazas, nuestra respuesta común debe ser activa e inequívoca. Donde sea, cuando sea, debemos condenar las manifestaciones que guarden incluso una lejana semblanza con ideologías absolutistas y discriminatorias.

Para eso, hemos adoptado el idioma universal de los Derechos Humanos.

Hay quienes afirman que los Derechos Humanos son fórmulas vacías con poca implicación práctica. Sin duda, es mucho lo que todavía nos falta para asegurar el respeto universal a la Carta de las Naciones Unidas, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y a los demás instrumentos adoptados en este sentido. Pero creo que es cínico afirmar que esos textos han sido inconsecuentes.Para la inmensa mayoría de la humanidad, la vida en las últimas siete décadas ha sido mejor que en las anteriores.

Eso se debe, en parte, a la arquitectura institucional emergida de la posguerra, y también a la declaración explícita y accionable de que existen ciertos derechos naturales e inalienables, que compartimos incluso con quienes no conocemos, con quienes son totalmente distintos a nosotros.

Los Derechos Humanos son un elemento indispensable para la paz y la convivencia en libertad, dentro de la diversidad que caracteriza al mundo de hoy.La homogeneidad es un constructo totalitario. No existe en todo el mundo una sociedad, un pueblo, una raza, un grupo, que sea el fruto de una únicainfluencia. Todos contenemos multitudes, para usar el verso de Walt Whitman.La diversidad es, por lo tanto, una condición inherente a estar vivo.
Este encuentro con la diversidad se ha acelerado en épocas recientes, debido a la globalización y a la revolución en las comunicaciones. Estoy convencida de que uno de los principales retos de este siglo será convertir esa diversidad en diálogo, en lugar de confrontación. Evitar que la diferencia se traduzca en aislacionismo, en tribalismoy en exclusión.

En ese contexto quisiera hablar especialmente del rol que juega la identidad en nuestra habilidad de combatir el odio y el prejuicio, y construir sociedades más inmunes a los dolores que esta noche conmemoramos.

Reivindico la importancia de la identidad, sobre todo en este ámbito y en una comunidad a la que me siento profundamente orgullosa de pertenecer.Mi identidad judía ha sido y será siempre un pilar fundamental de mi vida. Pero reivindico las identidades incluyentes. Me explico. Yo he podido combinar mi identidad judía con otras que también forman parte de lo que soy.
Creo que todos los que nos encontramos aquí hemos tenido la bendición de vivir en lugares en donde nadie nos obligó a escoger entre distintas partes de nosotros mismos. Esa fue una de las primeras y más elocuentes agresiones del nazismo.Por fortuna, muchos de ustedes han podido serplenamente uruguayos y plenamente judíos.

Yo he tenido la suerte de ser judía, costarricense,Iberoamericana y universal,mujer, esposa y madre. Y he podido serlo sin tener que renunciar a mí misma.

Reconozco el valor de la identidad como catalizador de la acción colectiva. Reconozco su importanciaen darnos una guía y un sentido de unidad en medio de los avatares de la vida. Pero no todas las identidades – ni todas las formas de construir identidad – son valiosas.

El mundo está lleno de identidades excluyentes, polarizantes, estáticas y simplificadoras, que nos reducen a una sola categoría y nos obligan a comportarnos como si fuéramos solo eso: una etiqueta. A esas identidades las llamo autoritarias, autoritarias con nosotros mismos, porque limitan lo que podemos decir y hacer, la forma en que podemos comportarnos y la gente con la que podemos relacionarnos.

Una identidad que se construye solo por oposición a los demás es excluyente en su naturaleza y finalmente, no importa cómo se envuelva, nos conduce a la confrontación y nunca, nunca a un lugar mejor.

Por eso debemos trabajar por construir identidades incluyentes, que reconozcan nuestra propia complejidad, basadas en la consciencia de que todos somos múltiples cosas a la vez y en esa yuxtaposiciónnos parecemos a los demás.
Como dice la campaña de la cooperación iberoamericana que lanzaremos mañana aquí en Montevideo, todos somos diferentemente iguales.

La identidad que merece respeto es la quenos reconoce desde lo que somos, desde nuestra pertenencia y también desde nuestra libertad. Esa es, también, la identidad que sustenta la responsabilidad ciudadana, en donde todos tenemos el deber de responder por las decisiones que adoptamos, y el efecto que esas decisiones tienen sobre los demás.

El nazismo demostró la capacidad de las personas de diluir su conciencia en la marea colectiva. Si es el grupo el que me obliga a comportarme de una manera, entonces es también la excusa que me libra de mis propias decisiones y de mis propios actos. Llevadas a sus últimas consecuencias, las identidades excluyentes sirven de justificación para la violencia sistémica y el ejercicio de la discriminación.
No soy ingenua ni voluntarista.Sé que será muy difícil erradicar los peores instintos que nos dividen como sociedad.Pero creo que existe mérito en promover ciertas ideas por encima de otras, porque las ideas (y lo recordamos hoy más que nunca) pueden tener efectos dramáticos en la realidad al igual que esta moda de la supremacía de los sentimientos.

Aurelio Arteta destaca en un artículo reciente en El País: “No es verdad, pues, que cualesquiera sentimientos sean legítimos y dignos de respeto, un absurdo paralelo a la majadería de que todas las opiniones son respetables. Descorazona tener que repetirlo una vez más. Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento”[y, yo añado, su idea]. Y sigue: “Pues se admitirá que no valen lo mismo el amor que el odio, la admiración que la envidia, la benevolencia que la sed de venganza.”

Propongo un mundo en donde la identidad nos lleve a colaborar. Una interpretación de lo que somos que nos permita forjar pactos entre agentes con iguales derechos y deberes. Eso es el sino de la vida en democracia. En palabras de Fernando Savater, “a los ciudadanos los determina el reglamento a partir del cual nacen para el futuro…” Pero para ello hay que preservar la memoria, y hay que educar. Siempre educar.¿Estaremos haciéndolo? ¿Es la historia, en su sentido más amplio, y sus enseñanzas, los valores, centrales en la educación de las nuevas generaciones? ¿O creemos que el conocimiento específico y técnico es lo que necesitamos?

Decía Bill Clinton durante la ceremonia de apertura del museo estadounidense en memoria del Holocausto: “Qué frágiles son los bastiones de la civilización. El Holocausto nos recordará para siempre que el conocimiento divorciado de los valores solo puede servir para agravar la pesadilla humana; que tener cabeza sin corazón no es humano”.
Señoras y señores:

Hoy conmemoremos 79 años de la noche que dio origen a la noche más oscura. Nos convoca aquíel peor recuerdo en la historia de la humanidad. Honremos ese recuerdo con la convicción de que es posible prevenir el retorno del pasado. Volvamos a elevar la voz de Isaías:“no levantará ningún pueblo su espada contra otro, y no aprenderán nuestros hijos el arte de la guerra”. Hagamos votos porque ninguna madre deba sufrir la muerte de su hijo en manos de la violencia o del hambre.Es posible construir un mundo en que todos los seres humanos nazcan para el futuro.

Termino estas palabras con un homenaje a todas las víctimas, recordando ami abuela Devora y a mi abuelo Simcha. El rabino Simcha Mayofit de Rovno –el que decidió no abandonar a su comunidad para salvarse y el que, según cuentan los pocos sobrevivientes, alentó a sus fieles hasta el final, mientras eran dirigidos a los bosques por los fusiles nazis– les decía: “no derramemos una lágrima, porque nuestros hijos y nietos nos trascenderán y perpetuarán nuestro nombre”

Y por eso, como si fuera mi voz la suya y la de mis padres, digo, sheejeianu vekimanu veiguianu la zmanaze.Amén.

Muchas gracias.

 

 

Promover igualdad de oportunidades educativas a jóvenes que provienen de hogares de medios-bajos/ bajos recursos y tienen muy buen desempeño académico para evitar la desafiliación del sistema educativo.

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