Acto 77ª Conmemoración de la Noche de los Cristales Rotos

19 DE NOVIEMBRE DE 2015

B'nai B'rith conmemoró el 77 aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, ocurrida en Alemania en noviembre de 1938. En esa oportunidad, pogroms organizados y alentados por Adolf Hitler y sus lugartenientes fueron dirigidos contra sinagogas, centros de estudio y propiedades de la comunidad judía.

Este año estuvo presente la Escuela Nº102 de San José que, en un trabajo conjunto de alumnos, docentes y padres ha rendido homenaje a los niños que perecieron en la Shoá ilustrando un mural principal del local escolar.

Este breve y emotivo video muestra el trabajo realizado

 



El Grupo Proyecto Shoá, un grupo de jóvenes emprendedores, cuyo objetivo es instalar el tema de la Shoá en la sociedad uruguaya por ser un suceso que nos permite reflexionar acerca de los DDHH, la diversidad y el accionar cotidiano también exhibió un video donde llama a la NO INDIFERENCIA frente a la discriminación.

En su intervención, el Dr. Emilio Cárdenas, orador principal,  se refirió a la deshumanización ejercida por los nazis hacia los judíos.

"...A la luz de la historia que siguiera a la “Noche de los Cristales Rotos”, el largo silencio de muchos gobiernos ante lo que sucede en Medio Oriente es grave. Y ha contribuido a que ocurrieran los atentados recientes en París.

Más de 70 años después, el mundo no ha cambiado..."

A continuación la exposición completa:

RECORDANDO LA “NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS”.

(Exposición del Dr. Emilio Cárdenas en el acto de conmemoración de la “Noche de los Cristales Rotos” del jueves 19 de noviembre de 2015, en la sede de B’nai B’rith Uruguay, Canelones 122, Montevideo)

Se acaba de cumplir, el 9 de noviembre pasado, un nuevo aniversario de la “Noche de los Cristales Rotos”, hoy llamada “Pogrom de noviembre de 1938”. Esa noche se destruyeron las ventanas y las vidrieras de las casas y negocios de los judíos alemanes, en una operación cuidadosamente planificada por el propio Goebels. Además, se consumaron múltiples vejaciones y asesinatos contra ciudadanos judíos. En toda Alemania. A la vista de todos, alemanes y extranjeros, que no pueden sostener que ignoraron lo sucedido.

Un asesinato, en París, encendió la hoguera. Un joven desesperado al descubrir que su familia había sido deportada a Polonia y encerrada en un campo de concentración perdió el control y asesinó al tercer secretario de la embajada alemana en París. 

La actitud persecutoria contra los judíos alemanes había comenzado, en rigor, en 1933 con una serie de episodios antisemitas con epicentro en la ciudad de Nuremberg. Allí los nazis dieron los primeros pasos en su campaña por deshumanizar a los judíos, que desde entonces fue progresiva e implacable y estuvo sostenida por un enorme aparato publicitario. 

Las medidas deshumanizantes fueron muchas, como la prohibición a los judíos de trabajar en el periodismo o en la cinematografía. O la prohibición a los abogados judíos a ejercer su profesión en los tribunales alemanes. O la obligación de valuar sus propiedades y ponerlas a disposición del gobierno para ser “usadas de acuerdo a sus necesidades”. 

En noviembre de 1937, cabe recordar, los nazis proclamaron urbi et orbi la presunta “supremacía racial alemana”.

Para humillar y someter a la población judía  se la obligó a pintar sus nombres con color blanco al frente de sus negocios, de modo de ser constantemente identificados y raleados. Los autos de los judíos recibieron -y circularon- con patentes con números “reservados” para ellos.

En paralelo, los judíos comenzaron a ser detenidos por pequeños delitos o infracciones. Como las del tráfico o laborales. Y luego por su identidad. Así fueron llevados a los campos de concentración, que se multiplicaron. Desde agosto de 1938, sus pasaportes llevaron una “J” identificatoria y sus nombres fueron arbitrariamente cambiados por Israel, para los varones, y Sara, para las mujeres, siempre con el objeto de humillarlos y deshumanizarlos.

Quiero detenerme aquí. En el tema horrible de la deshumanización. Las cabezas rapadas. Y los humillantes cuerpos desnudos. Los dormitorios comunes. La desnutrición extrema. Todo contribuyó al objetivo sádico de deshumanizar. Lo que derivó en cambiar, para los encerrados en campos de concentración hasta el sentido de la vida y la muerte.

Primo Levi se ha referido con dos frases realmente tremendas al tema de la deshumanización de los judíos por parte de los nazis. La primera dice: “A la salida de la oscuridad se sufría por la conciencia renovada de haber sido envilecidos”. La segunda sostenía: “Habíamos estado viviendo durante meses de manera animal. No por propia voluntad, ni por indolencia. Ni por nuestra culpa. Nuestros días habían estado llenos, de la mañana a la noche. Por el hambre, el cansancio, el miedo y el frío. Y el espacio de reflexión, de raciocinio, de sentimientos, había sido anulado. Nos habíamos olvidado no sólo de nuestro país y de nuestra cultura. Sin también de nuestra familia, del pasado y del futuro que habíamos esperado”. Esa descripción, brutalmente dura pero artera, muestra como se sentían los detenidos sometidos a la deshumanización, objetivo central de la política nazi.

La población judía quedó presa en su propio país, sujeta a la arbitrariedad y a las más retorcidas crueldades. Los nazis pretendían expulsarlos, pero les quitaban los medios para escapar. No obstante, buena cuarta parte de la población judía alemana dejó atrás a Alemania. Pero cuando, en 1937, Hitler deportó a unos 500 judíos a la Unión Soviética, quedaron allá alojados, en campos de concentración.

Los países de Europa, es bueno recordarlo, no aceptaron entonces abrirse a los inmigrantes judíos que presionaban por salir de Alemania, presintiendo lo peor. Esa fue la posición de países tan distintos como Checoeslovaquia, Hungría, Yugoeslavia, Italia, Suiza, Luxemburgo, o Francia. Los norteamericanos presionaron por una solución internacional y lograron que se convocara a la “Conferencia de Evian”, que poco y nada hizo por paliar sus penurias. Muchos países alegaron en ese momento “el mal estado” de sus economías. Otros, como Australia, señalaron que no tenían “problemas raciales” y que no querían “importarlos”. 

Holanda, sin embargo, suspendió las restricciones al ingreso de los judíos que escapaban de Alemania. La opinión pública británica forzó al gobierno de Chamberlain a mantener abiertas sus fronteras a los judíos. En los Estados Unidos se permitió a los judíos que ya estaban allí con visas de turismo renovarlas cada seis meses, hasta que pudieran adoptar la ciudadanía norteamericana. 

No obstante, un silencio cómplice prevaleció en los diálogos oficiales, pese a la presión de los medios y de parte de la opinión pública. Mientras tanto, los trenes de transporte de ganado comenzaron a conducir a más y más judíos a los campos de concentración en Alemania y Polonia. La tragedia en marcha había entrado en su etapa decisiva. El veneno de la deshumanización se había apoderado de muchos y reclamaba muertes. Y el martirio de los judíos entró en su fase más cruel.  

Todavía el gobierno nazi no mencionaba oficialmente “la solución final”, esto es el genocidio. Pero Goering y Goebbels comenzaron a sugerir perversamente cual sería el destino de los judíos si los demás países no los aceptaban en su seno. 

Mientras tanto, Alemania restableció el servicio militar obligatorio y su gobierno comenzó –en paralelo- a demonizar a la dirigencia e intelectuales de la oposición. A tratar de separarlos y excluirlos de la sociedad. Como aún hoy, algunos hacen en nuestra propia región. 

Creo que hay en esto una lección: este tipo de lamentables “señales” no pueden pasar desapercibidas. Por lo que anuncian. Algunos soñaron en su momento con que podía, quizás, encontrase algún modus vivendi con los nazis. Se equivocaron. De medio a medio. La difamación y los ataques deshumanizantes contra los judíos se transformaron en una constante. En un maremoto. El ambiente –por ello- anticipaba la tragedia que sobrevendría.

El mundo, ante lo que sucedía, comenzó a hacer oír sus protestas. Pero desde los gobiernos no se organizó respuesta alguna consensuada que pudiera responder a la salvaje ordalía a la que se estaba ya sometiendo a la población judía alemana y polaca. Tampoco se escucharon discursos sobre la “responsabilidad de proteger”. Ni en defensa de los “derechos humanos”. 

Los degüellos y crucifixiones de los cristianos que hoy caen en manos de los milicianos del Estado Islámico sugieren que, en rigor, el mundo no ha aprendido la lección. A la luz de la historia que siguiera a la “Noche de los Cristales Rotos”, el largo silencio de muchos gobiernos ante lo que sucede en Medio Oriente es grave. Y ha contribuido a que ocurrieran los atentados recientes en París.

Lo cierto es que la “Noche de los Cristales Rotos” se ha definido como el episodio violento que dio inicio formal al camino que condujo al genocidio. Por eso no puede olvidarse. Nunca. También por eso las señales que se acumularon en el calvario del pueblo judío deben servir de alerta para que la comunidad internacional advierta que, cuando en algún rincón del mundo se comienza a deshumanizar sistemáticamente a las personas, las tragedias están en puerta. Como la que anunciara la “Noche de los Cristales Rotos”, precisamente.

Más de 70 años después, el mundo no ha cambiado. Los ayatollahs están, desde hace 36 años, gobernando a Irán, que sigue reclamando la destrucción de Israel, en lo que no es un eslogan, sino una amenaza real que muy pocos denuncian. 

A lo que se suman las atrocidades bárbaras del fundamentalismo “sunni”, personificado en el horror que genera el accionar del Estado Islámico. Frente a las que tardamos en reaccionar.

Pero lo cierto es que hoy Israel no está sola. Su civilización está mucho más extendida que su religión. Y el país está más cerca de Occidente que nunca.

Tiene un importante peso relativo en la comunidad internacional. Ocurre que Israel ya no es sólo Esparta. Es Atenas y Esparta, a la vez.

Y ocurre también que las disyuntivas graves de Israel son ahora –con frecuencia- las mismas de Occidente. Por esto aquello de los valores compartidos, los judeo-cristianos. Esos valores hoy son blanco de un mismo odio fanático.

Israel está fuerte, estable y próspera. Con significativamente más capacidad de supervivencia que hace 50 años. Con una población que, consciente de sus peligros, vive en calma, con una economía vibrante. Por esto las encuestas la ubican como el 4º país del mundo entre los mejores para educar a nuestros hijos. Pero –cuidado- el racismo no ha muerto. El antisemitismo tampoco. Ni en Medio Oriente, ni en Europa. Por ello el alerta que contiene la conmemoración que hoy nos reúne no ha perdido importancia. Para nada.

Las agresiones sordas contra Israel continúan. Ejemplo de esto es que desde el 11 de noviembre pasado la Unión Europea ha decidido que los productos originarios de los territorios ocupados desde 1967 por Israel deben llevar una etiqueta que diga: “Hecho en los asentamientos”. Hablamos de Cisjordania, Jerusalén Este, y las Alturas del Golán. 

De este modo quedan excluidos del trato arancelario especial negociado por Israel con la Unión Europea. 

Esta es una medida arbitraria y discriminatoria que apunta a caminar en dirección al boicot de los productos de Israel, a generar desinversión y, de ese modo, sancionar a Israel, sin que la situación entre Israel y Palestina sea analizada –con el debido equilibrio- en su integridad. 

La medida tiene perfiles antisemitas y es hija de la presión de las poblaciones musulmanas en por lo menos 16 estados de los 28 que componen la Unión Europea. En mi opinión debe reverse porque transita por un camino equivocado. 

¿Por qué, por ejemplo, no se dispone lo mismo respecto de Marruecos para los productos originarios del Sahara Occidental, ilegalmente anexado a ese país? Sencillo. Porque la idea es perseguir a Israel asimétricamente y porque nadie pretende lo mismo respecto de Marruecos. Una vez más el odio y el resentimiento generan medidas inexplicables. La hora de reaccionar ha llegado. De lo contrario, los episodios de París volverán a reiterarse.

Mil gracias por la amable invitación a compartir esta noche con Uds. y reflexionar juntos sobre un mundo que contuvo y contiene perversidad y que, por ello nos obliga a no bajar nunca la guardia. Que Dios los bendiga.

 

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